Segunda-feira, 26.03.12

Árbitros podem (devem) ir para a greve


Gustavo Sousa admite que os árbitros podem avançar com uma greve se os dirigentes não tiverem “maior contenção verbal”.


Em declarações à rádio Renascença, o presidente da Associação Portuguesa de Árbitros de Futebol (APAF) afirma que “ainda não está em cima da mesa”, mas é uma “hipótese” os árbitros fazerem greve. “Exigimos maior contenção verbal. Não queremos avançar para a greve mas neste clima é difícil fazer um bom trabalho», referiu.

Gustavo Sousa assegurou ter a “garantia” da Federação Portuguesa de Futebol (FPF) que “na próxima época, o regulamento disciplinar será integralmente cumprido e os dirigentes não poderão falar sobre os árbitros”.

Para esta terça-feira está agendada uma reunião entre uma delegação da APAF e a direcção da FPF.

 

Via Público



publicado por olhar para o mundo às 20:13 | link do post | comentar

Sexta-feira, 15.07.11
Un fotograma de la última película de Harry Potter.

Un fotograma de la última película de Harry Potter.

Hoy, Potter ha muerto. Dicho así, impresiona. Pero, ¡ea!, las noticias, malas o buenas, conviene darlas de golpe. También es cierto que, y sin ánimo de ofender, ya era hora. Al fin y al cabo, han sido 10 años, ocho películas, siete mamotretos uno detrás de otro, cerca de 6.500 millones de dólares en taquilla, 4.333 embrujos en 'latinglish', 400 millones de libros vendidos en 69 idiomas (distintos entre sí, cuidado)... Y así. Le ha costado dejarnos, vamos.

En sus páginas y, por extensión en sus películas, se han ahogado y agotado infancias enteras. Desde el primer suspiro al último estertor. Muchos entraron en 'La piedra filosofal' en pantalón corto y han acabado por salir de 'Las reliquias de la muerte' marcando el paso y con la mili hecha. Y claro, tanto después, da pena. Cada uno a su manera, no lo duden, lo ha sentido.

'Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 2' es, definitivamente, el funeral que tanta pérdida requería. La última película, si se quiere, oficia de despedida a la altura que las circunstancias merecen. Dígase ya, es la mejor de cuantas hemos visto.

A David Yates, su director, le ha costado un cuarto intento para, por fin, acertar con la fórmula precisa. Bienvenido sea. De repente, ante los ojos sorprendidos de la concurrencia, aparece un relato perfectamente consciente de que se acaba; un cuento que se sabe cuento. Y, esto, además de nuevo, resulta hasta moderno. Irónico, tal vez.

Si de algo se puede acusar a Potter a lo largo de su larga historia es de su visceral incapacidad para reconocerse en ese lugar en el que siempre se han movido los relatos supuestamente infantiles. Los clásicos, los buenos. Tanto en el papel como en la pantalla siempre ha resultado algo irritante la ausencia casi absoluta de humor, de sentido de la distancia, de, otra vez, ironía. Potter y su gente se mueven por su mundo sin reparar ni un solo segundo en lo absurdo de su condición absurda. Y eso, por torpe, es grave.

Si se mira de cerca, bajo la disparatada arbitrariedad de algunos de nuestros héroes infantiles no se esconde sino la disparatada arbitrariedad de todo lo demás. De todo. Una historia bien contada, en definitiva, no es más que eso: una niña que cae por un agujero a un sitio extraño en el que los conejos tienen prisa. Por poner un ejemplo. En Potter, sin embargo y siempre, y por muy entretenido que resultara, molesta la seriedad impostada del destino trágico de un niño-mago enfrentado a todas las fuerzas oscuras de las que es capaz la naturaleza oscura. Por momentos, parece una anuncio de la DGT. La gravedad, ya se sabe, pesa. J.K. Rowling, para entendernos, no es Roald Dahl.

De hecho, el esfuerzo de cada director que ha pasado por las aventuras de Potter ha consistido en animar el relato hasta apartarse de la simple sucesión de hechizos, trampantojos y vuelta a empezar. Antes que Yates, Chris Columbus, Alfonso Cuarón y Mike Newell se habían aplicado a la tarea de convertir la letra de J.K. Rowling en algo más, en un abigarrado universo 'retrofantástico' animado por la gracia de la anarquía, de la anarquía necesariamente infantil.

De Columbus queda ese desparpajo para el barullo, ese gusto por los personajes a medio camino entre la gamberrada naíf y el dibujo absurdo de John Tenniel. Suyas son las dos primeras entregas y suyo es el mérito de poner cara y ojos a la institución pre-LOGSE de nombre Hogwarts. Cuarón se encargó del difícil trance del picor adolescente en una de las mejores entregas de la serie y Newell, un pasó más allá, hizo que el trío protagonista entrara en la edad adulta (por primera vez, la cinta perdió la calificación para todos los públicos) con declinantes resultados.

¿Franquicia

Y llegó Yates y, malas noticias, la saga se transformó en un feo palabro: franquicia. De un solo empellón, y pese a los esfuerzos a veces conseguidos de acercar la paleta de colores al negro (los niños crecen y las aventuras se enturbian), todo se convirtió en rutina, en paso fiel y cansino de la letra a la imagen. La transcripción de la primera parte de 'Las reliquias de la muerte' fue el mejor ejemplo de la incapacidad narrativa en la que se enfangaron Harry y sus muchachos.

Pues bien, todo lo anterior se acabó. Potter sabe que la historia, su historia, toca a su fin. Y Yates deja que la sensación de último adiós con la que el espectador acude al cine alcance la pantalla. Las escenas de acción se descubren más espectaculares que nunca ofreciéndose como réplica atronadora y sinfónica a los momentos de intimidad emocional. Valga la rimbombante redundancia. La muerte de Dumbledore, la conversión del profesor Snape, las oscuras motivaciones de Voldemort, la imagen de Hogwarts destruido, el amor que surge... todo cobra sentidoen las retinas abiertas de un espectador que recupera punto por punto cada uno de los mejores momentos de la saga, cada uno de sus propios mejores momentos.

Yates deja respirar la historia y, sobre todo, la trasciende. Hasta se permite, algo inédito, momentos de humor, citas cinéfilas (¿es '2001: una odisea del espacio' lo que se ve en la escena del sueño o estamos soñando?) y algún que otro segundo de homenaje. El espectador nunca pierde de vista el ritual del adiós y eso es mérito de un director que decide que su película, por fin, ya es adulta. Los niños que vieron la primera entrega han muerto, pero, ironía, todavía se recuerdan niños.

Suena cursi y, en efecto, es cursi. Qué le vamos a hacer.

Potter no es sólo un personaje de un libro, es parte de la biografía de cualquier espectador o lector o crítico (del señor Harold Bloom también). Y por ello, como la parte de cualquiera de nosotros que fuimos, ya ha muerto. Entre seguir caminando o desaparecer, le toca reventar. Hoy Potter ha muerto.

 

Via Elmundo



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